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República del Paraguay Agosto del 2012
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Carlos Colombino: "El Grande"
Por  José Carlos Rodríguez.

Ha muerto Carlos Colombino, el Grande. Estos días del 14 y 15 de mayo, fiesta de la nación han llorado-llovido mucho. Los días en que el amigo Carlos se ha independizado de su cuerpo, para vestir la inmortalidad que le requería. Su destino prosigue hoy en la memoria, en el espíritu de sus escritos que son vividas imágenes, y en sus imágenes de pintura y madera que están preñadas de relato. Prosigue en el futuro que nos lega, anuncia y pronuncia con el relato de su vida. Tardará en nacer, si es que nace, una persona deslumbrante como Carlos.

Arq. Carlos Colombino

Carlos fue un renacentista en el corazón del oscurantismo. Un renacentista contemporáneo en la edad media de los gobiernos dictatoriales del siglo XX y de los pos-dictatoriales del siglo XXI. Un renacentista que quiso saber y hacer de todo y contra todo. Ganar la libertad, contra la opresión. Ganar la cultura contra el vandalismo o simplemente en contra de la pereza. Ganar la igualdad contra la oligarquía. Y ganar la autenticidad contra la hipocresía moral, incluso la de género. Y lo extraordinario de todas estas rebeliones es que alimentaron una gran obra.

Mestizo de varios siglos, pariente de grades protagonistas de nuestra historia procedente del Concepción --que siempre fue sospechosa para los asuncenos--; plástico y literato, iniciador y organizador, supo radicar en la sociedad civil y también cumplir funciones de Estado. Colombino personifica el intelectual comprometido, cuyo parangón esquematizó Jean Paul Sartre. El intelectual que hace de su libertad una responsabilidad, un deber y una labor colectiva; que hace de su vida un episodio de la historia de su patria y de su tiempo.

Dotado con el don del talento, Carlos fue un creador, un artista; de las personas que ayudan a ampliar y amplificar el horizonte de lo visible, de lo sensible, de lo vivenciable y de lo reconocible. Usó dos pinceles en su trabajo, el de la madera pintada y el pincel de la palabra, en prosa y en verso. Apoyó su creación en la referencia al infortunio de los suyos, de los nuestros, de los contemporáneos. La denuncia de la opresión, de la corrupción, de la desigualdad ignominiosa, de la exclusión innoble, que son los atavismos impúdicos de nuestra historia y nuestro país.  

No perdió tiempo. El Museo del Barro demuestra el punto, no único, pero central donde materializó su talento, su patrimonio personal, su filantropía, sus planes de vida. Un monumento vivo, un legado cultural que enriquece a su colectividad y a las demás colectividades. No perdió, ganó tiempo. Y le ganó al tiempo, escribiendo su nombre en la inmortalidad, mucho antes que la muerte terminara con sus días. Carlos Colombino es hoy parte del acervo histórico del Paraguay y del mundo.

De Carlos debo además recordar otras cosas, que no pasarán a la historia, porque son privadas, el sustento vivo de la historia pública. Cuando no era militante, Carlos ha sido refugio de perseguidos por la dictadura, a riesgo de su seguridad y patrimonio, de la tortura y la integridad. Estuve entre los que fueron asilados en su casa, y entre los que pidieron asilo, para otros, que él rescató de la cacería humana de los chacales del poder.  

Y quiero reconocerle una deuda mayor. Su capacidad de derrotar simultáneamente a la pereza y al miedo. Carlos ganó ambas batallas. Derrotó las quimeras de la opresión y la injusticia cuando estas todavía estaban fortalecidas por los poderes del mundo y alentadas durante la guerra fría, por países que no la sufrían en su propia casa.

La suya fue una vida aprovechada al máximo. Fue más lejos que su tiempo, fue más grande que su tiempo. Su fecundidad cosechó el reconocimiento debido: por su obra, su compromiso y su talento. Acumuló reconocimiento y afecto, también odios. Vivió y murió célebre. Pero también tuvo dolor. Carlos pudo ganar muchas batallas. Pero la guerra por un país con justicia, libertad, solidaridad, generosidad y talento, esa guerra el país no la ha ganado. La patria soñada es todavía la patria pendiente.

El último dolor de Carlos fue morir en medio de los fantasmas de una noche que no acabó. El retroceso político del año pasado fue la tristeza precursora del fin de sus días. Carlos muere con pena, habiendo materializando un pasado de luchas, viviendo en la impaciencia, en la espera de un futuro que no llega. Un sendero que ayudó a señalizar y sobre todo a prefigurar. Un futuro que reclama el esfuerzo de muchos más y por mucho tiempo. 

15/05/2013

 
 
 
 
 
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